Dorotea: En las aguas de la historia

Las aguas de la historia surcan las horas, días, meses, años. Siglos, podríamos decir. Y del agua surge Dorotea, con su sonrisa dibujada. Los ojos de Dorotea han visto la historia, la sintieron en carne propia. Sus memorias podrían llenar "El Albert Hall", parafraseando alguna canción de Los Beatles. Ella, con sus ganas y su dignidad a cuestas, sigue disfrutando de las cosas simples de la vida. Una broma, una charla, una tarde en las playas de Pinamar junto a su familia y amigos. Como cualquiera de nosotros pero con su impronta única.  

105 años. Léelo de nuevo. 105 años. Esos son los que lleva vividos esta adorable alemana que recorre con hermosa parsimonia los metros que la separan de su espacio playero. Parece que la tranquilidad ceremoniosa con la que se mueve controlara el tiempo, dócil animal detenido a sus pies. La danza leve que se aprecia en sus palabras pasan las páginas de un libro escrito en su mente. Dorotea tiene los ojos de la historia y nos cuenta su secreto: "El mar. Nunca pude alejarme demasiado y es mi fuente de energía. No quiero dejar pasar un día sin pisar este bálsamo. Hasta tomo agua de mar que me cura todos los males. No es algo científico, yo lo veo como algo natural", cuenta en un correcto castellano. "Vivo y disfruto de las pequeñas cosas de la vida. Siempre cerca de mis hijos, nietos y bisnietos con los que suelo hablar en español y en alemán". 

Su recuerdo es bien puntual, su memoria no falla: "Yo vengo acá desde el año en que falleció Eva Perón, 1952. En ese momento vivía acá, pasaba muchísimo tiempo. No había nada. Ni luz, ni gas, solamente la naturaleza. Vivíamos con fascinación hasta la lluvia". 

Dorotea sonríe cuando habla de aquellos días y deja entrever un detalle no menor en su vida, en su relación con Pinamar: El Golf; "Mi pasión por este sitio, al principio, tenía que ver con el Golf. Acá no había nada pero estaba la cancha de Golf y ese era un gusto que yo traía de Europa. Jugaba desde chica y aquí pude seguir jugando. Desde la mañana hasta la noche. Algunos días me levantaba, me iba a la playa, mi otro lugar en el mundo y rápidamente volvía a mi rutina de entrenamiento. He jugado muchísimos torneos". 

Dorotea se mueve por el mundo y no le tiene miedo a nada. Hasta se enoja por las limitaciones que le imponen: "Ahora me dicen que no puedo hacer vuelos tan largos y realmente no lo entiendo", dice sorprendida, "Yo no tengo que hacer nada. No soy el piloto así que solamente me tengo que sentar y viajar". Cierra la frase con otra sonrisa y nos pide permiso para volver al mar. 

La experiencia de Dorotea nos da inspiración. Y redunda en la mejor forma de disfrutar lo que nos rodea. Lo natural, lo que nunca dejará de sorprendernos.