El Arte del mundo en nuestras calles

Es fin de semana. El ritmo acelerado, el ir y venir de los vehículos, los pasos apurados, entre risas y quejas, se multiplican. La temporada de verano excita el pulso de todo Pinamar, inclusive las pacíficas calles de Cariló. En el medio del paísaje paradisíaco y protegido, un hombre parece ajeno a lo descripto. En su mundo, entre telas y colores, Gustavo Rovira se sumerge en el arte. Sentado a un costado de la Avenida Divisadero, de espaldas al tránsito, le da la cara a la naturaleza para plasmarla en el lienzo que lo acompaña dócil. Así, Rovira pasa las horas, bajando a las calles de Cariló el arte de la naturaleza. El arte del mundo, del mejor mundo posible. 

"Mis ambiciones son básicas. El bienestar de mi familia y expresarme desde el arte. No necesito mucho, no necesito un mecenas, por ejemplo. Mi mundo es sencillo, tengo 3 hijos, mis amigos, son el pilar de mi vida y me inspiran", cuenta este artista de 56 años que reside en el barrio porteño de Villa Devoto y explica que "lo que hago no nació del estudio sino del compromiso con el arte". 

Rovira es miembro de la UNESCO y, entre innumerables exposiciones, ha participado extensamente en iniciativas del Ayuntamiento de Málaga, España. Su mirada apasionada y positiva tiene el timbre de la libertad: "Soy feliz dando libertad a mis hijas para ser. Para tener creatividad en la vida. Obviamente que las incentivo para que disfruten del arte pero lo primero es la libertad. A mi me dijeron que iba a ser un burro total en tercer grado y me hicieron un favor porque yo supe allí que mi camino no era el de la ciencias exactas", detalla Rovira, "Tuve mil historias. Mil cuestiones que me fueron llevando a lo que soy hoy".

Una de esas historias, casi tragicómica, lo marca de cuerpo entero: "En un momento me echaron de una empresa para que en mi lugar entrara un familiar de los dueños. En ese momento, lógicamente, me puse mal. Al tiempo, con mi camino recorrido, me encontré con quien me había despedido y le agradecí lo que hizo. Me salvó la vida, me empujó a ser lo que hoy soy. En ese momento no lo noté pero hoy entiendo que lo que parece malo en algún momento te puede salvar la vida". 

La vida es aprender. También es cierto y Gustavo no escapa de esa máxima: "Yo sigo aprendiendo", reflexiona, "Messi hay uno en un millón y cuando me elogian siento que la gente está equivocada con respecto a mi obra. No me siento profundamente enamorado de mi obra. Sí estoy comprometido y siento que doy todo por mi arte pero no siempre estoy conforme con respecto a mis productos. Amo mi obra pero soy muy duro cuando evalúo mi trabajo". 

Los paisajes, la pasión del tango, el amor, la solidaridad. Son formas de expresión desde las que Rovira intenta aporta su granito de arena a la sociedad: "La noche sana, las parejas bailando un tango, los billares, los jazmines, mis hijas, mis amigos, esa es mi droga y lo digo sin querer generar polémica. Ayudar a la gente que me necesita gracias a mi arte es lo que me hace seguir. Lo hago y me gusta contarlo porque es parte de mi vida. El arte necesariamente tiene que ser solidario. Todo lo lindo que siento cuando pinto, trato de devolverlo de alguna forma".  

"Espero poder dejarle alguna obra a Pinamar. Trabajar, por ejemplo, con los chicos en tiempo real. Estuve charlando con la directora de Cultura, Sandra Abzac, para poder armar algo. Alguna actividad contra la Violencia de Género, es otra posibilidad. Tengo muchísimas ideas para desarrollar en Pinamar. Para las familias, para la comunidad. Sea para Pinamar o para el mundo. El tema es dar el primer paso", concluye Rovira con su inspiradora paz a cuestas.